En su tesis doctoral analiza cómo los estudiantes negocian liderazgos y formas de colaboración en el trabajo grupal, una dimensión poco visible pero central al interior de las salas de clases.
“Que cada uno haga su parte y después juntamos todo”. La frase aparece sobre la imagen de un edificio construido con materiales y técnicas completamente distintas: ladrillo, hormigón, ampliaciones improvisadas. Además, pareciera que está a punto de caerse. El meme circula por redes sociales porque sintetiza, con bastante precisión, una experiencia conocida por casi cualquier estudiante: el trabajo grupal como una suma de partes hechas por separado, cada una a su manera, que luego hay que ensamblar sí o sí, para tener un resultado medianamente coherente y no sacarse un uno.
La explicación más común para este fenómeno apunta a la falta de tiempo y a la desorganización que empuja a resolver las tareas a última hora. Sin embargo, una mirada detenida permite advertir dinámicas más complejas: en muchos grupos son una o dos personas quienes terminan realizando la mayor parte del trabajo; quienes asumen roles de liderazgo temen que el resultado final no cumpla con los estándares esperados, se hastían de repetir a los demás que trabajen o se resienten por la falta de interés; mientras otros integrantes participan de forma mínima, hacen su parte a la rápida o a medias, o simplemente se desentienden del proceso.
Más allá de atribuir estas tensiones al ritmo acelerado de la vida contemporánea, la pregunta de fondo es otra: ¿qué significa realmente trabajar con otros? ¿Qué implica colaborar, coordinarse y construir algo en común?
Una pregunta similar orientó la investigación doctoral de María Beatriz Cifuentes, licenciada en Historia, docente del Programa Académico de Bachillerato e integrante de la Unidad de Investigación en Educación del Bachillerato (UNIEB). Su trabajo fue realizado gracias a una beca de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) y, en enero de este año, obtuvo el grado de Doctora en Educación por la Pontificia Universidad Católica de Chile, con la tesis “Andamiaje y regulación de la participación en los diálogos grupales para resolver tareas en aula matemática”. Este logro marca el cierre de un extenso proceso de investigación centrado en las dinámicas de participación que emergen cuando los estudiantes trabajan en grupo, particularmente en clases de matemáticas.
Para ello, revisó registros de clases de escolares y observó con detalle cómo interactúan los estudiantes cuando trabajan de manera grupal. El objetivo no era evaluar resultados académicos, sino comprender cómo se organiza la participación dentro del grupo cuando no hay una autoridad directa interviniendo.

Autoridad y jerarquías dentro del grupo
¿Qué pregunta buscaba responder tu investigación?
Básicamente, de qué forma los estudiantes regulan la participación de manera colectiva cuando no está presente una autoridad externa, como el profesor o la profesora. Cómo se ponen de acuerdo y cómo comparten la autoridad, si es que la comparten.
Uno de los hallazgos centrales de su trabajo fue que esa autoridad no siempre se distribuye de manera equitativa. En muchos grupos se instala rápidamente una jerarquía informal donde algunos estudiantes monopolizan el conocimiento o la toma de decisiones, mientras otros quedan en posiciones secundarias. “A veces la autoridad no se comparte o se ejerce de una manera que impide la participación equitativa. Puede haber uno que sabe y los demás no, y esa dinámica tiende a volverse rígida”, observa.
A partir de su análisis, Cifuentes identificó dos grandes dimensiones que ayudan a entender estas dinámicas: la autoridad intelectual, es decir, a quién se le reconoce el conocimiento dentro del grupo, y las formas en que esa autoridad es aceptada o disputada por los demás estudiantes.
Cuando el género entra en juego
En este punto apareció un hallazgo significativo: el papel que juega el género en la distribución de esa autoridad. “En todos los casos donde había una niña dirigiendo el grupo, su autoridad intelectual era disputada por sus compañeros varones. Me impactó verlo en estudiantes muy pequeños, de nueve o diez años”, revela.
El fenómeno no aparecía con la misma intensidad en grupos compuestos solo por varones. En esos casos, más que disputas de liderazgo, lo que ocurría era una división informal de tareas o incluso la dispersión de algunos integrantes. Más allá de la anécdota puntual, el hallazgo dialoga con debates más amplios sobre género, conocimiento y el proceso de enseñanza-aprendizaje.
Para la investigadora, observar estas dinámicas permite pensar la equidad de género en la educación desde un ángulo distinto. No solo importa cuántas mujeres llegan a determinadas carreras, sino cómo se construyen las identidades académicas dentro del aula desde edades tempranas.
El rol del docente en el trabajo colaborativo

¿Qué implicancias tiene esto para la enseñanza?
No basta con poner a los estudiantes a trabajar en grupos. El profesor tiene que establecer reglas y monitorear no solo el resultado del trabajo, sino también cómo interactúan los estudiantes y si aparecen obstáculos para la participación.
En otras palabras, el trabajo grupal no es automáticamente colaborativo. Requiere condiciones, mediación docente y una atención constante a las dinámicas sociales que se desarrollan dentro del grupo.
Para Cifuentes, el problema tiene, además, una dimensión estructural. El sistema educativo y, en general, la cultura académica, tiende a premiar el desempeño individual y la competencia, mientras que la colaboración suele darse por supuesta. “El sistema educativo es muy individualista. No nos enseña mucho a colaborar, sino más bien a competir”, contrasta.
Esa constatación también atraviesa su experiencia personal durante el doctorado, un proceso que describe como una etapa de aprendizaje profundo, tanto académico como humano. “Creo que el doctorado me enseñó principalmente a equivocarme, a recibir rechazo y a aprender de eso. Hoy tengo menos miedo de equivocarme, y trato de promover eso en mis estudiantes”, explica.
Aprender: una experiencia social
A partir de su investigación, la autora propone repensar el aula como un espacio donde no solo se transmite conocimiento, sino donde también se negocian relaciones de poder, identidades y formas de participación. “Cada vez que hay personas interactuando hay relaciones de poder, hay política de por medio. Política entendida como los fines que cada uno tiene, las aspiraciones, planes, objetivos, no política partidista. Y dentro de las salas de clases también ocurre, hay relaciones de poder. Cuando el profesor propone un trabajo en grupo, de alguna forma delega parte de ese poder, pero sigue siendo responsable de monitorear cómo se ejerce”.
Ahora bien, estas reflexiones adquieren un matiz particular cuando se observan desde el contexto del Programa de Bachillerato, donde los estudiantes viven un proceso académico exigente y competitivo. El propio sistema, basado en promedios y selección para continuar estudios en distintas carreras, puede reforzar lógicas individualistas que tensionan las posibilidades de colaboración real entre pares.
En ese escenario, comprender cómo se construyen las dinámicas de autoridad, participación y confianza dentro de los grupos resulta especialmente relevante. No solo para mejorar la experiencia de aprendizaje en el aula, sino también para formar estudiantes capaces de convivir con la competencia académica, sin perder de vista la dimensión colectiva del conocimiento.
En tiempos en que la colaboración aparece como una habilidad indispensable para enfrentar los desafíos de un mundo contemporáneo en tensión, entender por qué a veces resulta tan difícil trabajar realmente con otros puede ser, paradójicamente, el primer paso para aprender a hacerlo mejor.
Unidad de Comunicaciones
Fotografías: Fernanda Téllez Gross.
Universidad de Chile